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La música en la cultura awajún

El siguiente texto lo ha escrito Raúl Riol, miembro de irradia, y forma parte de la publicación del CD “Musique des Awajún et des Wampis. Amazonie, vallée du Cenepa” editado por IWGIA y Nouvelle Planète para los Archivos internacionales de música popular del Museo etnográfico de Ginebra, 2009.

LA VIDA DE LOS AWAJÚN

El pueblo Awajún (o Aguaruna) es uno de los 62 pueblos indígenas que habitan las montañas y las llanuras amazónicas del Perú. Junto con los Achuar, Wampis (Huambisa), Kandozi y Shuar, forman parte de una familia etnolingüística que los antropólogos han denominado con el nombre de jíbaro.

Los Awajún son el segundo pueblo más numeroso  de la Amazonía peruana después de los Asháninkas. Según estimaciones aproximadas, su población  supera las 75,000 personas. Su hábitat natural se extiende por la parte norte de los departamentos de Amazonas, San Martín y Cajamarca, y la parte noreste de Loreto, a lo largo de una extensa red fluvial, que comprende los ríos Mayo, Chirinos, Chiriyacu, Cenepa, Santiago, Nieva y otros de la cuenca del alto y bajo Marañón.

La historia de los Awajún se encuentra íntima y profundamente ligada a la idea de  territorio, entendido como el espacio que sostiene y reproduce su cultura y su identidad como pueblo. Las referencias sobre el pueblo Awajún y sus contactos con otros pueblos y culturas, desde los incas y los conquistadores españoles, hasta las relaciones actuales con el gobierno peruano y las empresas extractivas, se han caracterizado por la enérgica defensa de su territorio ancestral y su autonomía frente a intentos invasores o colonizadores.

Tradicionalmente, la organización social del pueblo Awajún muestra un modelo disperso de ocupación del hábitat en base a unidades domesticas conformadas por familias establecidas alrededor de la figura de un “cabeza de familia” y aglutinadas entre sí, alrededor de la figura de un “kakajam” – un guerrero de demostrada eficiencia – y, uno o varios chamanes, iwishin.  Estos grupos locales solían poseer una notable autosuficiencia económica y un alto nivel de autonomía política.

Su sistema de parentesco se basa en el matrimonio entre primos cruzados y un patrón de residencia matrilocal. En cada grupo local se suele reproducir un modelo en el que dos grandes grupos familiares se distribuyen, de acuerdo a determinadas pautas sociales, el acceso a los recursos y la responsabilidad de su cuidado. Entre estas “dos mitades” se establecen las alianzas matrimoniales: unos son parientes consanguíneos, y cuyo enlace es considerado incesto con graves consecuencias morales y sociales, y los otros constituyen potenciales cuñados y esposas. Así el matrimonio representa un continuo reajuste de alianzas económicas y militares entre grupos familiares que comprometen no sólo al varón y a la mujer, sino a todo el conjunto, consolidando relaciones y equilibrando la fuerza de trabajo entre ambas familias. Supone la base del control social, de la estabilidad emocional y del equilibrio entre los distintos grupos de la sociedad Awajún.

En los últimos cuarenta años, y principalmente a partir del establecimiento de las escuelas estatales, se vienen produciendo concentraciones en “centros” o “comunidades”, un cambio que está incidiendo en la reorganización de la vida social, en las estructura de parentesco, en la configuración del poder político y, sin duda, en la integridad y continuidad creativa del patrimonio cultural en sus diversas expresiones. Nuevas estructuras se superponen a las tradicionales y, frente a determinados problemas,  llegan a entrar en colisión las diferentes visiones generacionales. No obstante, la proliferación de organizaciones de base y su articulación en federaciones locales, regionales y nacionales, afirman al tiempo la tendencia tradicional a reservarse espacios de autonomía política entre iguales y la gran capacidad de los Awajún, y de los pueblos jíbaros en general, para formar alianzas capaces de enfrentar cualquier amenaza externa que les afecte.

La economía Awajún ha experimentado grandes cambios debido a la mayor estabilidad y concentración poblacional de los asentamientos y a las nuevas necesidades monetarias que impulsan economías basadas en el comercio. La codicia de los agentes económicos externos genera impactos cada vez más graves con el apoyo de políticas públicas muy agresivas ante unas economías locales – basadas en el uso a largo plazo de los recursos –  que son calificadas como una rémora para la rentabilidad de las grandes empresas inversoras.

Pero, con todo, la subsistencia de los Awajún sigue hasta hoy girando alrededor de actividades como la pesca, la caza, realizadas por los hombres, el sabio cultivo de la huerta, realizado por la mujeres; y la recolección de una gran variedad de productos del monte, que les permiten abastecerse de alimentos sanos y utensilios para la cestería, la alfarería, la vivienda, el transporte, el arte o la fiesta. En el monte, o en las pequeñas huertas rodeadas de vegetación es donde el mundo Awajún cobra sentido. El conocimiento profundo de cada proceso natural es lo que les permite “el buen vivir”, ese principio filosófico que les legó el sabio mitológico Bikut, y que les hace dignos ante los ojos de sus antepasados y entrañables en las historias de sus nietos.

Por eso la educación entre los Awajún es tan indispensable. Los recursos se crean con conocimientos y estos suelen ser muy localizados en el espacio y en el tiempo. Se trata de  una educación integral para la vida, muy especializada y enfocada por la división de funciones sociales que corresponde a cada sexo. Desde muy temprano el padre o la madre comienzan a enseñar los fundamentos de la vida, orientados fundamentalmente hacía el manejo correcto de los recursos del bosque y la huerta, pero ninguna persona del grupo familiar desaprovecha la oportunidad de adiestrar al niño en los conocimientos que consideran adecuados para su edad. Es una verdadera comunidad educativa. Actualmente, y desde mediados del siglo XX, los Awajún han venido recibiendo también educación escolarizada. Solicitada inicialmente para cubrir necesidades de comunicación social (lecto-escritura en castellano) o económica (aritmética básica) con la sociedad nacional.

La utilización de plantas como la ayahuasca, natem, el toé, baikúa, y el tabaco, tsáag, juegan también un importante papel en el aprendizaje vital y social de un Awajún, a la hora de definir lo que cada individuo será en su vida adulta, proporcionando la fuerza y la capacidad necesaria para “mirar” la vida; lo que llaman adquirir visión, ajutap. Aquel que ha obtenido la visión se convierte en waimaku. Es mediante la utilización de estas plantas que se entra en contacto con los espíritus, ya que en el trance provocado por las mismas el alma, wakan, efectúa un viaje hacía los mundos en los cuales habitan los espíritus y los antepasados.

De esta manera, la naturaleza, donde los Awajún desarrollan sus prácticas cotidianas, se encuentra integrada a otros mundos de carácter cosmológico: la bóveda celeste y los mundos subterráneos y subacúaticos, habitados por una cohorte de espíritus.  Según su cosmovisión, el universo, representado por la integridad de su territorio ancestral, está poblado por diferentes seres que ocupan diferentes niveles o mundos paralelos e interconectados. También la mayoría de animales y plantas son poseedores de un alma, wakan y se considera, asimismo, que la existencia de las plantas, los animales y la de sus espíritus tutelares es regida por las mismas leyes sociales que la de la humanidad, de tal manera que la naturaleza forma un gran continuum de sociabilidad entre los seres humanos y los seres de la naturaleza.


LA MÚSICA DE LOS AWAJÚN.

El pueblo Awajún, a partir de su patrimonio ancestral y colectivo, elabora sus conocimientos, aplicándolos a la resolución de sus problemas y la satisfacción de sus necesidades, dentro de un proceso dinámico, singular y creativo. La música es expresión de su filosofía del shin pujut, que significa vivir en sociedad, pero con autonomía personal y en armonía con el entorno. De este modo, su música se desprende de la relación cotidiana con el bosque, las montañas, los ríos y las cascadas que conforman su territorio ancestral, así como de su relación con los animales, las plantas y los espíritus que lo habitan. La música es un bien simbólico, transmitido de generación en generación a través de los parientes del mismo sexo; formando parte esencial del proceso de construcción de la identidad del hombre y la mujer Awajún.

La música Awajún está centrada principalmente en el canto, como expresión de sus sentimientos y pensamientos, y se compone de dos expresiones fundamentales: el anen, de carácter mágico y el nampeg, de carácter profano, diferenciándose entre sí tanto en la forma como en el contenido. Sus cantos, especialmente el anen, mantienen relaciones muy particulares con la mitología, de la cual constituyen una suerte de modo de empleo. A partir de la memoria de los mitos, duwik muun augmatbau, literalmente “cuentos de los antepasados”, cada persona va extrayendo notas libremente para dar un sentido a los incidentes de la vida cotidiana. En los cantos, podemos encontrar una representación de las formas de vida del pueblo Awajún, siendo su repertorio inmenso al existir cantos adaptados a todas las circunstancias imaginables de la vida pública y domestica y al estar creándose continuamente cantos nuevos que dan cuenta de las actuales formas de vida.

El término anen procede de la misma raíz que inintai, “el corazón”, órgano que los awajún entienden como sede del pensamiento, de la memoria y de los sentimientos. Los cantos denominados anen son discursos del corazón, suplicas íntimas dirigidas a influir sobre el curso de las cosas. Existe una gran variedad de anen: para asegurar el buen desarrollo de las distintas fases de la guerra, de la caza y de la chacra, para hacer propicio el viento y mejorar las habilidades de los perros en la caza, para acompañar la confección del curare y de la alfarería, para suscitar sentimientos amorosos o fortalecer la armonía conyugal, para mejorar las relaciones con afines o zanjar una desavenencia entre cuñados. Estas suplicas son dirigidas a todo tipo de destinatarios a quienes los Awajún atribuyen un wakán, es decir todos aquellos que pueden ser convencidos, seducidos o encantados por el contenido altamente simbólico de estos cantos. Se puede entonces dirigir encantamientos a seres humanos, a entidades sobrenaturales y a ciertas categorías de animales y plantas. Para poder cantar un anen y que este tenga efectos, un individuo ha tenido que adquirir previamente el estado de anentin, que hace referencia a la amplitud de conocimientos mágicos y las relaciones particularmente fecundas que mantiene con los espíritus tutelares que dominan las esferas de actividad en las cuales un hombre o una mujer intervienen.

Los anen son tesoros personales celosamente custodiados y transmitidos generalmente por parientes cercanos del mismo sexo (padre-hijo, madre-hija y suegro-yerno etc). También es posible obtenerlos a través de un espíritu durante uno de los “viajes” del alma, durante los sueños o los trances inducidos por la toma de plantas enteógenas. La ceremonia por la cual se transfiere el conocimiento de un anen se suele realizar en algún lugar apartado y tranquilo, principalmente un tambo ritual, por tres días y debe estar acompañada -antes, durante y después- de una dieta severa, que prohíbe principalmente las comidas calientes, las relaciones sexuales y la toma de sol. La persona que desea aprender el canto mágico tiene que inhalar el jugo de tabaco, tsáag, destinado a clarificar las facultades mentales, concentrándose en aquello que se desea lograr, mientras a su lado el maestro lo repite incansablemente en un susurro hasta la memorización completa de la entonación y de la lírica exacta.  Este tipo de canto es, por lo tanto, secreto y no se suele cantar en público, sino más bien en la soledad de la huerta o en el bosque a la caída del sol. A veces, los hombres lo cantan mentalmente, mientras lo interpretan en su instrumento preferido de música. Los instrumentos musicales que se suelen utilizar para interpretar los anen son: el tumag, instrumento de una sola cuerda hecho de una pieza flexible de madera atada con una fibra de chambira, una palmera (o en época reciente de hilo de nylon), que adopta la forma de un arco y cuya ejecución, consiste en sostener el final del arco en la boca, mientras que la cuerda es rasgada con el dedo; y el kitag, instrumento de dos cuerdas, parecido al violín, que se tañe con un arco y cuyo sonido es más bien grave y melancólico.

Para los Awajún, los anen representan un poder mágico y eficaz, cuya posesión juega un importante papel en su vida cotidiana para interpretar el mundo e intentar actuar sobre él.

Nampeg, en el idioma awajún, significa música, y procede de la misma raíz que nampubau, fiesta. Esta juega un papel protagónico dentro de la música; siendo el espacio privilegiado donde se pone en práctica, se produce el intercambio social de diferentes cantos y se siente la complicidad  de la danza, namsemamu. Tradicionalmente las fiestas eran rituales con una duración de varios días y estaban compuestas de varias ceremonias dirigidas por maestros ancianos. Entre las fiestas tradicionales de carácter ritual destacan: la fiesta de la tsantsa y las fiestas de iniciación de los adolescentes con toma colectiva de natem. Actualmente, las fiestas han perdido gran parte de su carácter ritual, pero siguen siendo una necesidad vital, al ser espacios sumamente propicios a la socialización. Las ocasiones que dan origen al nampuamo, o fiesta de masato, la bebida tradicional de yuca fermentada, son varias, destacándose la realización de una minga y la bienvenida a un amigo o un pariente. Estas fiestas no se improvisan, sino que se preparan con antelación; los hombres van de caza para conseguir alimentos y la mujer se dirige a la huerta a recoger suficiente yuca para la preparación del masato.       

Los nampeg son cantos sociales y  existen tres expresiones diferentes de los mismos:

Una de las manifestaciones del nampeg es la que hace referencia a determinados recuerdos emotivos o expresiones espontáneas de lamento o felicidad, cantados en la casa, la huerta o el bosque, y también cuando termina una fiesta. Estos cantos son inventados por la misma persona que los canta o aprendidos de los abuelos o por haber sido escuchados en otra fiesta. Cuando no son creados por uno mismo se debe decir el nombre de la persona de la cual se aprendió antes de ser cantados públicamente. Asimismo para la interpretación de estos cantos, se utilizan las flautas: pinkui, flauta fabricada con la madera del carrizo, kugki, de dos orificios; y pijug, flauta pequeña con dos orificios hecha con huesos de animales.

Otra expresión de los nampeg son los diálogos generalmente festivos cantados en el transcurso de las fiestas. Estos cantos a base de replicas y contrarréplicas toman el aire de una suerte de “asamblea” de carácter lúdico, en la que se recuerda algún suceso acontecido en la comunidad o se realizan críticas dirigidas a un vecino o a la pareja, de tal modo que la persona aludida se siente en la obligación de responder cantando. Los diálogos improvisados que así se establecen, tienen que poseer todos la misma métrica, la misma entonación y el mismo ritmo. Estas réplicas y contrarreplicas son un medio de hacer público el propio pensamiento, adoptándose por regla general un tono de broma que suele provocar la risa en la audiencia.

La última expresión de los nampeg son aquellos cantos que van acompañados de danza, namsemamu, y para cuya realización los danzantes y cantantes awajún prefieren estar vestidos con los atuendos tradicionales, compuestos de un largo vestido, tarach, con un elegante atado sobre el hombro desnudo, para las mujeres, y una falda de algodón, itipak, para los hombres, completados con pintura y tatuajes faciales, así como por diversos adornos, que ejercen a modo de sonajeros y con los cuales cada danzante va creando su propio compás, tanto para el canto como para la danza.

Estos adornos rítmicos son: para las mujeres, unos brazaletes de caracol, pataku kugku, y los cinturones con fragmentos también de caracol, ákachu kugku; y para los hombres, existen unas tobilleras de semillas secas, bakish. El ritmo de la danza también se lleva a cabo a través de un pequeño tambor fabricado a base de pieles de animales, denominado tampug, y es ejecutado por uno o varios varones, que se lo colocan en la cintura, mientras cantan y danzan. A pesar del carácter individual que posee el ritmo de cada uno de los participantes, la danza y el canto devienen en una colectividad festiva entonada y divertida, conformada por distintas parejas, generalmente del mismo sexo, que, tomados de la mano, recorren lentamente la pista de un lado a otro, dando saltos y tarareando sus respectivos cantos, y acompañándose de gritos, ¡jaiji, jaajai!, por parte de las mujeres, y de estribillos, como el infaltable anú yamáya, recitados por los varones, así como escenificaciones sobre la vida cotidiana.

Mención aparte merece el tuntui, instrumento hecho con un tipo de madera, llamada numi shimut, que se emplea para comunicar hechos importantes o convocar a parientes o aliados, dado que su tañido puede ser escuchado a kilómetros de distancia. Para cada ocasión, el tuntui se tañe con un ritmo particular: el fallecimiento de una persona es anunciado con un sonido grave y triste; la preparación de natém se comunica con un sonido pausado que, a medida que la cocción se alista, se acelera; la situación de guerra o de conflicto y la llegada de cazadores a una fiesta tienen a su vez sus propios códigos. El tuntui es un instrumento tocado únicamente por varones, pero es una mujer soltera quien debe probar primero su sonido. Para tocarlo, el varón, con determinado estatus adquirido, debe guardar ayuno sexual

Si la música habita los espacios, al mismo tiempo que es habitada por estos, podemos decir que la música Awajún reproduce los sonidos del bosque y las letras de sus canciones la vida cotidiana en armonía con la naturaleza.

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